En otoño de 2012 mientras un equipo de arqueólogos liderados por Milosz Giersz excavaban bajo un capa de pesados ladrillos trapezoidales, descubrieron algo que pocos arqueólogos andinos imaginaron hallar:  un tumba intacta que albergaba los entierros de cuatro reinas o princesas huaris, al menos otros 54 individuos de alcurnia y más de 1 000 artefactos de élite, desde enormes orejeras de oro hasta cuencos de plata y hachas de aleación de cobre, todo de la más fina manufactura. Los hallazgos son importantes porque han arrojado información nueva sobre los huaris y su opulenta clase reinante.  Mucho antes de la llegada de los Incas, los huaris emergieron del anonimato en el valle de Ayacucho y alcanzaron su esplendor alrededor del siglo VII d.C. Después de conquistar a los señores locales los huaris erigieron una tumba imperial imponente en El Castillo.  Con muros carmesí, el edificio sagrado era visible desde varios kilómetros a la redonda recordatorio constante del poderío de un nuevo régimen.  En el nivel inferior, los huaris sepultaron a 58 damas de la nobleza, incluidas cuatro reinas o princesas.  En una cámara superior, los arqueólogos hallaron un trono para exhibir la momia de un personaje importante, tal vez el propio emperador. Giersz, el arqueólogo placo a cargo de la investigación invitó a un equipo de expertos en arquitectura para inspeccionar las escaleras y paredes recién desenterradas y confirmaron sus sospechas, esta construcción era diferente porque la iniciaron en la parte superior donde hay una formación rocosa natural y desde allí descendieron gradualmente. 

En una cámara superior, los arqueólogos hallaron un trono para exhibir la momia de un personaje importante, tal vez el propio emperador. Giersz, el arqueólogo placo a cargo de la investigación invitó a un equipo de expertos en arquitectura para inspeccionar las escaleras y paredes recién desenterradas y confirmaron sus sospechas, esta construcción era diferente porque la iniciaron en la parte superior donde hay una formación rocosa natural y desde allí descendieron gradualmente. En la cumbre tallaron una habitación subterránea que se convirtió en la tumba imperial y cuando estuvo lista para sellarse echaron dentro unas 30 toneladas de grava, cerraron la cámara con una capa gruesa de adobes pesados y encima levantaron una torre mausoleo cuyas paredes carmesí eran visibles desde varios kilómetros a la redonda.  La élite huari dejó ofrenda ricas en los pequeños recintos interiores, incluyendo textiles finos, quipus, restos de cóndor andino, etc. Las personas de la élite local fueron enterrándose en la ladera de esta construcción las que fueron saqueadas durante años y protegieron la cámara principal se fue encontrada intacta. La mayoría de personajes sepultados en la cámara eran mujeres y niñas.  Sus asistentes las vistieron con túnicas y chales de ricos bordados, pintaron sus rostros con un pigmento rojo sagrado y las adornaron con valiosas joyas, como orejeras de oro y delicados collares en cuentas de cristal y colocaron el cuerpo en la tradicional postura sentada.  Destaca una dama de aproximadamente 60 años por las finas joyas que la acompañan.  Todas las damas enterradas con una caja de carrizo con utensilios de tejido.



Situado en la margen derecha del valle de Huarmey, a 1 km al este de Huarmey y a 2 km del Océano Pacífico, capital de la provincia del mismo nombre, en el departamento de Ancash, en el centro-noroeste del Perú. Se trata de una pirámide escalonada hecha a base de adobes, que se alza sobre un promontorio rocoso, rodeada de otras estructuras platafórmicas, que se extienden hasta el nivel del suelo del valle, todas las cuales se encuentran en estado ruinoso. El conjunto, según las evidencias encontradas, era un centro administrativo Wari, de la época preincaica, que se halla rodeado de gran número de cámaras funerarias donde presumiblemente eran sepultados los miembros de la nobleza. Muchas de esas cámaras han sufrido los estragos de los huaqueros, pero en junio del 2013 se dio a conocer el hallazgo de 63 tumbas intactas, con osamentas asociadas con 1.200 objetos, entre joyas de oro y plata, fina cerámica y utensilios de madera. 


El conjunto arquitectónico es una construcción platafórmica hecha a base de adobes de diversos tamaños, con una altura de unos 12 m por sobre el nivel del valle. Su extensión total es de unos 200 metros en dirección Norte-Sur, con un ancho máximo de 65 m. En su parte septentrional, la plataforma se eleva sobre un promontorio rocoso; al disminuir esta su altura hacia el suroeste, las construcciones alcanzan hasta 8 m de alto para mantener el nivel elevado de la plataforma. A lo largo de sus flancos este y oeste, la construcción platafórmica contaba con un sistema de muros verticales de contención, los cuales subían de grado en grado con delgados rebordes hacia la plataforma. Como gran parte de los flancos de la construcción platafórmica en el nor-oeste y este quedaron sepultadas por el desmonte de las excavaciones clandestinas, los únicos restos de los muros de contención que han quedado visibles se encuentran en los flancos sur-oeste y sur-este del edificio. Ahí se puede distinguir dos tipos de muro: de adobes y mampostería

En ambos tipos sobresalen vigas horizontales de madera colocadas regularmente distanciadas para formar hileras, cuya finalidad sería dar estabilidad a la construcción. En la cima de la plataforma se observan recintos de traza muy regular con un laberinto de pasadizos y de cuartos rectangulares intercomunicados. Se tratarían probablemente de espacios de carácter ceremonial. Alrededor de ellos se hallan cientos de pequeños compartimientos dispuestos de manera irregular, la mayoría de los cuales no presentan vanos de acceso que permitan el libre tránsito de un cuarto a otro. Se tratarían de cámaras funerarias, donde eran enterrados los miembros de la elite gobernante. Los muros de adobes, en su mayoría, están enlucidos con una fina capa de barro y contienen restos de pintura de color rojo y blanco. El grosor de los muros alcanzan un ancho que va de 70 a 80 cm. y el máximo de 1.10 m.



El sitio fue investigado inicialmente por Julio C. Tello. A fines de los años 1950, los arqueólogos Ernesto Tabío y Duccio Bonavia, en el curso de sus investigaciones arqueológicas en el valle de Huarmey, hicieron de manera conjunta los primeros reconocimientos en la zona y publicaron breves descripciones del Castillo. A comienzos de los años 1960, Donald E. Thompson completó estos estudios y publicó un bosquejo generalizado de la evolución cultural del valle.


Casi todos los personajes sepultados en la cámara eran mujeres y niñas, que al parecer fallecieron en el lapso de varios meses, posiblemente de causas naturales, y todas fueron tratadas con gran respeto.  Sus asistentes las vistieron con túnicas y chales de ricos bordados, pintaron sus rostros con un pigmento rojo sagrado y las adornaron con valiosas joyas, como orejeras de oro y delicados collares de cuentas de cristal.  Luego, los dolientes dispusieron sus cuerpos en la tradicional postura sedente, con las extremidades flexionadas y envolvieron a cada una con un gran lienzo, formando el fardo funerario. Wieckowski, señala que la clase social era tan importante en la muerte como en la vida, de manera que los asistentes colocaron a las mujeres de más alto rango – tal vez reinas o princesas – en tres cámaras privadas laterales.

La de mayor alcurnia, una dama de unos 60 años, se encontraba rodeada de singulares lujos que incluían varios pares de orejeras, un hacha ceremonial de bronce y un cuenco de plata.  Semejantes riquezas y alarde maravillaron a los arqueólogos. Mas allá, en una amplia zona común, los asistentes distribuyeron a las nobles de menor rango a lo largo de las paredes y, con contadas excepciones, junto a cada una depositaron una urna más o menos del tamaño y la forma de una caja de zapatos, hechos de carrizos cortados, donde guardaron todos los utensilios de tejido necesarios para elaborar textiles de alta calidad.  Las huaris eran tejedoras consumadas y creaban telas semejantes a tapices, con cuentas de hilos superiores a las que producían las legendarias tejedoras flamencas y holandesas del siglo XVI.



El Proyecto de Investigación Arqueológica Castillo de Huarmey (PIACH) dirigido por Milosz Giersz (universidad de Varsovia) y Roberto Pimentel (Pontificia Universidad Católica del Perú), con la asesoría de Krzystof Makowski, logró para la arqueología, por primera vez, encontrar tumbas intactas en esta zona, entre 2010 y 2013. Los saqueadores no se habían dado cuenta que debajo de una especie de trono en el centro de la estructura había un sello de adobes trapezoides que protegía una serie de entierros más abajo. Ese tipo de sello se ha encontrado en otros lugares del Perú. Por ejemplo en la capital Wari, en Ayacucho, aunque allá son de piedra y en Huarmey de adobe. Debajo de esta capa se encontró una mucho más gruesa (de un metro de espesor) de cascajo (piedra menuda, ripio) que fue lo que despistó a los huaqueros. Y debajo de esto un mausoleo con 63 cuerpos y abundantes objetos indudablemente Wari Este hallazgo ha llevado a los arqueólogos a replantear muchas de las ideas que se tenían no sólo sobre la historia de la zona sino sobre la de todo el Antiguo Perú.


El Mausoleo no es parte de una pirámide de adobe maciza con largas rampas (como estilaban los Moche y otras culturas de la costa) sino de un edificio con cuartos y compartimientos interiores, como las construcciones Wari. Fue un lugar de enterramiento donde los difuntos no se colocaban echados horizontalmente (como los moche) sino sentados y envueltos en fardos funerarios (como los Wari y Nazca). Y los restos de insectos y reptiles encontrados dentro de estos fardos indican que las momias no fueron inmediatamente enterradas después de fallecidas (como hacían los Moche y las culturas de la costa hasta entonces) sino que fueron colocadas en este lugar probablemente con las puertas abiertas durante mucho tiempo (acasopara rendirles culto), lo que no se parece en nada a las costumbres funerarias Mochica pero que en cambio era común en las antiguas culturas serranas (que aprovechaban el frio y la sequedad para que los cuerpos se momifiquen naturalmente, proceso que no podía ocurrir con el clima de la costa).

Hasta entonces se creía que el Estado Wari no había controlado de manera efectiva ningún valle de la costa norte, y que como máximo había influido en la religión costeña. Esa idea está en revisión y es objeto de gran debate. Todas las mujeres estaban asociadas a implementos textiles, telares, herramientas de hilado y de teñido de fibras. Parece que el tejido era la actividad principal de las difuntas pero no parece que hubiera sido una simple ocupación artesanal, a juzgar por la riqueza de las piezas que las acompañaban. Se sabe que al menos en tiempo de los incas (500 años después de Wari) los tejidos eran el material suntuario por excelencia y que los mejores eran elaborados por tejedoras especializadas que estaban al servicio de los templos y de la realeza. Sin embargo ningún artesano en tiempo de los incas, por más experto que fuera, fue enterrado con tanto lujo y menos aún en el principal edificio de una región, como ocurre en el caso de Huarmey. No se sabe si estas tejedoras provenían del mismo valle o sieran parte de la nobleza Wari de Ayacucho ni tampoco las razones de su riqueza. Próximamente se realizarán estudios genéticos para dilucidar su procedencia.